Por qué el trauma se queda en el cuerpo: cómo se manifiesta y cómo se sana
A veces el cuerpo habla antes de que encontremos palabras para lo que sentimos.
El corazón que se acelera sin razón aparente, la mandíbula que se mantiene tensa sin saber desde cuándo, ese agotamiento que no se explica con las horas dormidas, una canción que te detiene en seco en mitad del supermercado, la tensión que aparece en el pecho justo antes de una conversación que todavía no ha empezado o el nudo en el estómago que llevas días sin entender. Sensaciones que llegan solas, sin avisar, sin que hayas tomado ninguna decisión consciente.
Y en muchas ocasiones, cuando esto ocurre, recurrimos a la explicación de siempre: quizás es solo estrés, ansiedad, o que soy demasiado sensible. Pero, ¿y si el cuerpo estuviera narrando una historia mucho más antigua? ¿Y si eso que sientes fuera trauma en el cuerpo, algo que se quedó guardado sin que lo supieras?
¿Qué es el trauma?
No es lo que ocurrió, sino lo que pasó dentro de ti

Cuando escuchamos hablar de trauma psicológico, solemos pensar solo en eventos de gran magnitud: un accidente, una guerra, una catástrofe natural o una pérdida devastadora, por ejemplo. Y sí, esas experiencias pueden ser muy traumáticas, pero no son las únicas, ya que el trauma no lo define solo la magnitud del evento, sino también el impacto que tiene en cada uno de nosotros lo que sucede.
Por eso, dos personas pueden vivir un mismo accidente de coche y salir de él de formas completamente diferentes. La primera es capaz de integrarlo y procesarlo y, aunque el recuerdo permanezca, no la paraliza. La segunda puede, meses después, escuchar el sonido de una ambulancia y que su cuerpo reaccione exactamente como si el accidente estuviera ocurriendo en ese preciso momento: el corazón a mil, la respiración cortada, las manos sudorosas, todo el cuerpo paralizado. Algo dentro de ella sigue en alerta máxima. Ahora imagina que ese evento pasó hace veinte años y el cuerpo sigue repitiéndolo una y otra vez.
Esto no es exageración, sino un sistema nervioso que nunca terminó de cerrar lo que aquella vez quedó abierto. Eso es el trauma: no el evento en sí, sino lo que pasó dentro de ti cuando ocurrió y los recursos que no tenías en ese momento para poder sostenerlo.
Trauma acumulado y memoria implícita: el cuerpo lleva la cuenta
No siempre hablamos de un único gran acontecimiento. A veces es un trauma acumulado: un goteo constante de momentos a lo largo de la vida a los que nunca se les dio el tiempo ni el espacio para ser procesados. Una crítica repetida cada vez que te equivocabas. Un llanto al que nadie acudía. Niños en el colegio que se metían contigo por ser diferente. Discusiones en casa que terminaban sin reparación, como si nada hubiera pasado.
Puede que ninguno de esos eventos por separado parezca importante, pero cuando se repiten a lo largo del tiempo o ocurren en etapas sensibles de nuestro crecimiento, pueden dejarnos una huella profunda en la forma en la que nuestro cuerpo y nuestro sistema nervioso aprenden a sentirse seguros.
Como dice Bessel van der Kolk: el cuerpo siempre lleva la cuenta.
Incluso antes de que tengamos palabras, nuestro sistema nervioso está registrando información a través de la experiencia sensorial: temperaturas, olores, tensiones, la forma en que alguien nos sostiene o nos suelta.
Imagina un bebé prematuro que necesita pasar sus primeras semanas en una incubadora. La incubadora es un recurso imprescindible para su desarrollo, pero la experiencia del bebé también está llena de estímulos como los ruidos, las luces, los olores y los momentos de separación de sus cuidadores. Esto no significa que una incubadora sea traumática por sí misma, sino que nos ayuda a comprender que, desde los primeros momentos de vida, las experiencias sensoriales y relacionales participan en la manera en que el sistema nervioso aprende a regularse.
A esto lo llamamos memoria implícita: una memoria que no se puede narrar con palabras pero que vive en el cuerpo. No recuerdas haber aprendido a sentir miedo ante ciertos tonos de voz, pero tu cuerpo responde a ellos. No recuerdas exactamente qué pasó aquel día, pero hay fechas en el calendario que parecen reactivar esa experiencia antes de que seamos plenamente conscientes de ellas.
El aniversario de la muerte repentina de alguien querido puede aparecer en forma de tristeza, cansancio o irritabilidad, incluso antes de que recuerdes qué día es hoy. Es una forma en la que la memoria implícita puede expresarse a través del cuerpo.
Yo, que soy andaluza, siempre me acuerdo de un dicho muy nuestro que conecta bien con esta idea. Cuando hemos sufrido una sorpresa desagradable, una situación de miedo o de mucho estrés, decimos “se me quedó el susto metío en el cuerpo”. Y esto quiere decir que, aunque el peligro haya pasado, aunque haya pasado mucho tiempo, el cuerpo puede seguir cargando con aquello que no tuvo espacio para soltar en el momento en el que ocurrió.
Qué ocurre en el cerebro y en el sistema nervioso ante una amenaza

Para entender por qué el trauma se queda en el cuerpo, tenemos que entender primero cómo está diseñado nuestro sistema nervioso para responder ante el peligro. Desde el modelo localista clásico, sabemos que ciertas estructuras cerebrales juegan un papel clave en este proceso. La amígdala, que se forma durante el período prenatal, actúa como el sistema de alarma del cerebro: detecta la amenaza en milisegundos y lanza la señal de peligro antes de que el córtex prefrontal, la parte más racional, haya tenido tiempo de procesar lo que está pasando. Esto explica por qué el cuerpo reacciona antes de que podamos pensar.
Cuando esa señal de alarma se activa, el organismo segrega adrenalina y cortisol, que viajan por todo el cuerpo para prepararlo. Los sentidos se agudizan, los músculos se tensan, el corazón se acelera. El sistema se moviliza con un único objetivo: sobrevivir. Las opciones son huir, luchar o, cuando ninguna de las dos es posible, congelarse.
Uno de los modelos que más ha influido en la comprensión clínica del trauma es la teoría polivagal de Stephen Porges. Este modelo propone que nuestro sistema nervioso autónomo no funciona únicamente entre activación y relajación, sino que organiza distintos estados relacionados con la conexión, la defensa y el colapso.
Conviene decir que la teoría polivagal es un modelo muy útil en la clínica, pero parte de su base neurofisiológica sigue en debate dentro de la investigación. La usamos como un mapa para entender y acompañar lo que ocurre en el cuerpo, no como una descripción exacta de cómo funciona el nervio vago.
Cuando el peligro cesa, el sistema nervioso necesita recuperar poco a poco un estado de seguridad. Fíjate que en muchos animales surgen respuestas espontáneas, como temblores o sacudidas, después de una situación de tensión. Si tienes perro, quizá lo hayas visto sacudirse después de un sobresalto. Pero en los seres humanos la recuperación es más compleja, ya que está influida también por el contexto, las emociones y la posibilidad de sentirnos acompañados, y a veces este ciclo no se completa porque se interrumpe.
Desde pequeños nos enseñan a contener: “no llores”, “estate quieto”, “compórtate”, “no es para tanto”. Y así, cuando el cuerpo necesita temblar, gritar, llorar o moverse para soltar lo que acaba de vivir, lo frenamos. Cuando interrumpimos de forma repetida esas respuestas de defensa, el sistema nervioso puede mantener patrones de activación que persisten más allá del peligro. Esa experiencia queda registrada en la memoria implícita y puede expresarse como tensión, hipervigilancia o dificultad para recuperar la calma.
Pero hay algo más que faltó en ese momento, y que la teoría del apego de John Bowlby nos ayuda a entender: la relación entre trauma y apego. Cuando hay peligro, el primer instinto del ser humano no es solo huir o luchar, sino también buscar a alguien.
Buscamos a otro al que acudir, alguien que pueda sostenernos, que esté disponible, que nos acompañe en lo que estamos viviendo. Si ese otro no está, o no puede con lo que traemos, o minimiza lo que sentimos, el ciclo queda doblemente incompleto. No solo no pudimos soltar la activación del cuerpo, sino que tampoco tuvimos a nadie con quien sostenerla. Y esa ausencia también se queda registrada.
Nada de esto habla de un fallo personal. Desde la perspectiva del trauma, estas respuestas pueden entenderse como estrategias de adaptación que el sistema nervioso desarrolló con los recursos disponibles en ese momento.
Síntomas del trauma no resuelto: cómo se manifiesta en el cuerpo y en las relaciones
El trauma no resuelto rara vez se presenta con una etiqueta. No llega diciendo “soy el accidente de hace diez años” o “soy el duelo que nunca terminaste de hacer” o “soy la niña que nunca recibió una palabra bonita de sus padres”. Llega disfrazado de síntomas que parecen no tener explicación y de patrones que se repiten sin que entendamos el porqué.
Entre los síntomas físicos del trauma más habituales están:
- Tensión crónica en zonas concretas como la mandíbula, el cuello, los hombros o la zona lumbar, que no mejora aunque vayas al fisioterapeuta.
- Un agotamiento profundo que no se explica con las horas de sueño.
- Dolores de cabeza frecuentes o problemas digestivos.
- Una sensación permanente de estar alerta aunque no haya ningún peligro real.
Pero no solo tiene impacto en el cuerpo, sino también en la forma en la que nos relacionamos con los demás:
- Dificultad para confiar.
- Miedo a la intimidad.
- Tendencia a desconectarnos emocionalmente justo cuando alguien se acerca demasiado.
- Patrones que repetimos una y otra vez sin entender por qué: las mismas amistades, las mismas parejas, las mismas dinámicas familiares.
Reconocer todo esto no es sencillo. Precisamente porque lleva tanto tiempo con nosotros, lo hemos convertido en identidad. Y así nos escuchamos diciendo frases como “soy así”, “soy muy nerviosa”, “soy muy sensible”, aunque muchas veces detrás de esa respuesta hay un sistema nervioso que aprendió a adaptarse a algo que fue demasiado para él.

¿Se puede sanar el trauma? El cuerpo y el vínculo terapéutico
Si algo hemos aprendido en los últimos años desde la neurociencia y desde distintos enfoques de la psicología, especialmente desde la psicología del trauma, es que el cuerpo no está fallando. Cuando reacciona de formas que nos desconciertan, cuando guarda tensión donde no debería, cuando nos desconecta de nosotros mismos o nos mantiene en alerta permanente, está haciendo exactamente lo que aprendió a hacer para protegernos.
Y así como el trauma muchas veces se originó en ausencia de otro que pudiera acompañar, la reparación también ocurre en presencia de otro. Esto no es casualidad, porque lo que faltó cuando todo aquello pasó no fue solo que no tuviéramos recursos suficientes, sino que no hubiera alguien con quien contarlo, alguien que pudiera empatizar, con quien llorar o temblar si hacía falta. Alguien que se quedara.
Nuestro sistema nervioso aprende a regularse, en gran parte, a través de la relación con otras personas; por eso un vínculo terapéutico puede ser tan reparador. Los libros y las técnicas nos pueden ayudar, pero difícilmente podrán sustituir la experiencia humana de sentirse acompañado de verdad.
Dejar de ver el cuerpo como algo que nos traiciona y empezar a verlo como algo que hizo lo que pudo con lo que tenía abre una puerta completamente distinta: la de la compasión y la posibilidad real de sanar.
Diversos enfoques terapéuticos que integran la dimensión corporal, como la terapia somática o el EMDR, comparten una idea central: comprender la experiencia no siempre es suficiente; el cuerpo también necesita participar en el proceso de integración.
Sanar no significa olvidar lo que ocurrió. Significa que cuando escuchas esa sirena de ambulancia, o cuando llega esa fecha del calendario que tu cuerpo conoce antes que tu mente, ya no reaccionas desde el mismo sitio. El pasado empieza a sentirse como pasado, no como algo que sigue ocurriendo ahora mismo dentro de ti.
No es un camino sencillo ni rápido, ni tampoco lineal. Pero con el acompañamiento adecuado, con un espacio terapéutico donde el cuerpo también tenga voz, se puede reparar lo que se guardó y habitar el propio cuerpo desde un lugar que se sienta más seguro, más tranquilo, más tuyo.
«El cuerpo siempre nos guía a casa… si somos capaces de aprender a confiar en las sensaciones y a permanecer atentos a ellas el tiempo suficiente para que nos revelen la acción, el movimiento, la percepción o el sentimiento adecuados.» — Pat Ogden

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Sobre este artículo
Escrito por: Rocío González, psicóloga en prácticas supervisada en Sofía Reguillos Clínica de Psicología, especializada en teoría del apego, trauma relacional y relaciones de pareja.
Revisado por: Sofía Reguillos, psicóloga sanitaria colegiada con número M-30648, psicóloga general sanitaria y directora de Sofía Reguillos Clínica de Psicología.
Referencias bibliográficas
Bowlby, J. (1998). El apego y la pérdida. Paidós.
Dana, D. (2019). La teoría polivagal en terapia: Cómo unirse al ritmo de la regulación. Eleftheria.
Levine, P. A. (1999). Curar el trauma: Descubriendo nuestra capacidad innata para superar experiencias negativas. Ediciones Urano.
Salvador, M. (2016). Más allá del yo: Encontrar la esencia en la curación del trauma. Eleftheria.
Van der Kolk, B. A. (2020). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.
(Cita de Pat Ogden sacada del curso Somatic Trauma Therapy Crash Course con Stacy Ruse — nota interna, no publicar esta línea en la web)
Este artículo forma parte del contenido que genera nuestro equipo clínico como parte de la formación y divulgación en salud mental.






